Autismo vs Agresividad
El Trastorno del Espectro Autista (TEA), es una condición del neurodesarrollo que se caracteriza por dificultades en la comunicación social y la presencia de patrones de conducta restringidos y repetitivos. Es cierto que algunas personas pueden presentar episodios de agresividad que suelen originar preocupación en la familia y profesionales, es imprescindible aclarar que la agresividad no es un rasgo del autismo, sino una conducta que emerge en ciertos contextos y cumple una función específica influida por antecedentes y consecuencias. Recordemos que una conducta puede tener varias funciones escape/evitación, acceso a tangibles, atención o autorregulación sensorial. Puedes ampliar esta información en nuestro artículo https://www.childhopecenter.com/blog/funciones-de-la-conducta.
La agresividad en el TEA puede manifestarse de diferentes maneras, por ejemplo: golpes, patadas o empujones hacia otras personas, mordidas, pellizcos, lanzamiento de objetos, romper algún material que pueden estar dirigidas hacia los demás (heteroagresión) o hacia sí mismo (autoagresión) y la intensidad varía entre las personas con esta condición. La evidencia clínica indica que el autismo no es un factor causal de violencia y ante un hecho muy grave suele estar asociado con comorbilidades psiquiátricas, falta de apoyos adecuados, dificultades de regulación emocional y no al diagnóstico en sí.
Hay factores que aumentan la probabilidad de agresividad, cómo déficits en comunicación funcional, baja tolerancia a la frustración, inflexibilidad cognitiva, alteraciones sensoriales, cambios repentinos de rutinas o entornos, demandas que no se ajustan al nivel del individuo. Es importante no castigar sin enseñanza alternativa, ni ignorar la función de la conducta o intervenciones inconsistentes entre cuidadores.
Desde ABA, las conductas agresivas deben entenderse como respuestas operantes mantenidas por contingencias específicas, por lo que se requiere identificar la función de la conducta y dar prioridad a la enseñanza de conductas alternativas junto con la manipulación sistemática de antecedentes y consecuencias, lo que disminuirá la probabilidad de conductas de riesgo y aumentará conductas adaptativas.
Susana Pereira - Terapeuta Ocupacional - Terapeuta de Conducta
Educadora en Masaje Infantil
Valencia - España
Cooper, J. O., Heron, T. E., & Heward, W. L. (2020). Applied Behavior Analysis (3rd ed.). Pearson.
Autism vs. Aggression
Autism Spectrum Disorder (ASD) is a neurodevelopmental condition characterized by difficulties in social communication and the presence of restricted and repetitive patterns of behavior. While it is true that some individuals may exhibit episodes of aggression that often cause concern among family members and professionals, it is essential to clarify that aggression is not a trait of autism, but rather a behavior that emerges in certain contexts and serves a specific function influenced by antecedents and consequences. Remember that a behavior can serve various functions, such as escape/avoidance, access to tangible objects, attention-seeking, or sensory self-regulation. You can find more information on this topic in our article https://www.childhopecenter.com/blog/funciones-de-la-conducta.
Aggression in ASD can manifest in different ways, for example: hitting, kicking, or shoving others; biting; pinching; throwing objects; or breaking items—which may be directed toward others (heteroaggression) or toward oneself (autoaggression)—and the intensity varies among individuals with this condition. Clinical evidence indicates that autism is not a causal factor of violence, and in the case of a very serious incident, it is usually associated with psychiatric comorbidities, a lack of adequate support, and difficulties with emotional regulation—not with the diagnosis itself.
There are factors that increase the likelihood of aggression, such as deficits in functional communication, low frustration tolerance, cognitive inflexibility, sensory sensitivities, sudden changes in routines or environments, and demands that are not appropriate for the individual’s level. It is important not to punish without providing alternative instruction, nor to ignore the function of the behavior, nor to allow inconsistent interventions among caregivers.
From an ABA perspective, aggressive behaviors should be understood as operant responses maintained by specific contingencies; therefore, it is necessary to identify the function of the behavior and prioritize teaching alternative behaviors alongside the systematic manipulation of antecedents and consequences, which will reduce the likelihood of risky behaviors and increase adaptive behaviors.

