Maduración del sueño

El sueño es un proceso evolutivo que, al igual que otras habilidades del desarrollo humano como hablar o caminar, cambia a lo largo de la vida. Está regulado por factores internos, como el sistema reticular activador ascendente y neurotransmisores como el GABA, la adenosina y la melatonina, y por factores externos, especialmente la luz. Por ello, desde el nacimiento es fundamental favorecer la alternancia luz-oscuridad para ayudar a regular el ritmo circadiano del bebé.

Lejos de ser un estado pasivo, el sueño es una actividad cerebral intensa. Durante el descanso, el cerebro continúa consumiendo oxígeno y realizando funciones esenciales como la poda neuronal. El sueño es una necesidad fisiológica básica, comparable a la alimentación, y cumple múltiples funciones: síntesis hormonal (especialmente la hormona del crecimiento en la infancia), reparación de tejidos, recuperación de energía, fortalecimiento del sistema inmunológico y regulación de procesos cognitivos como la memoria, las praxias y el aprendizaje.

El sueño aparece aproximadamente a partir del quinto mes de gestación y se sincroniza inicialmente con las señales circadianas maternas. El feto duerme la mayor parte del tiempo, sobre todo en las últimas semanas del embarazo. Tras el nacimiento, el sistema circadiano ya es funcional y responde a estímulos ambientales como la luz. Durante los primeros meses, el sueño está principalmente regulado por la necesidad de alimentación, y los bebés pueden dormir entre 16 y 20 horas diarias.

Entre el cuarto y sexto mes comienza la producción de melatonina, el bebé diferencia el día de la noche y se organizan las fases de vigilia, sueño REM y NO REM. Entre el cuarto y séptimo mes, el sueño evoluciona de monofásico a bifásico, apareciendo las siestas y las ventanas de vigilia. A partir del año, muchos niños duermen entre 9 y 12 horas seguidas. Entre los 2 y 5 años el sueño nocturno se consolida, aunque pueden surgir parasomnias y objetos o rituales transicionales.

Finalmente, el sueño continúa modificándose en la pubertad, adolescencia y adultez. Las rutinas diurnas influyen de forma directa en la calidad del sueño, por lo que el establecimiento de hábitos adecuados es clave. Desde el enfoque ABA, el trabajo sobre rutinas y conductas diurnas resulta fundamental para favorecer un descanso reparador.

Susana Pereira - Terapeuta Ocupacional - Terapeuta de Conducta

Educadora en Masaje Infantil

Valencia - España

Formación Método Pícaro sueño. Dra Gandsas.

https://www.microbiotaybienestar.es/sistema-activador-reticular-ascendente-vinculo-cerebro-sueno/

https://psisemadrid.org/el-sueno-fases-patrones-y-eficiencia/

https://marlopezpediatra.com/sueno-ninos-1-2-anos/

Sleep maturation

Sleep is an evolutionary process that, like other human developmental skills such as speaking or walking, changes throughout life. It is regulated by internal factors, such as the ascending reticular activating system and neurotransmitters like GABA, adenosine, and melatonin, and by external factors, especially light. Therefore, from birth, it is essential to promote a light-dark cycle to help regulate the baby's circadian rhythm.

Far from being a passive state, sleep is an intense brain activity. During rest, the brain continues to consume oxygen and perform essential functions such as neuronal pruning. Sleep is a basic physiological need, comparable to eating, and fulfills multiple functions: hormone synthesis (especially growth hormone in childhood), tissue repair, energy recovery, strengthening of the immune system, and regulation of cognitive processes such as memory, praxis, and learning.

Sleep begins around the fifth month of gestation and is initially synchronized with maternal circadian signals. The fetus sleeps most of the time, especially in the final weeks of pregnancy. After birth, the circadian system is functional and responds to environmental stimuli such as light. During the first few months, sleep is primarily regulated by the need for food, and babies can sleep between 16 and 20 hours a day.

Between four and six months, melatonin production begins, the baby differentiates between day and night, and the phases of wakefulness, REM sleep, and non-REM sleep become organized. Between four and seven months, sleep evolves from monophasic to biphasic, with the appearance of naps and periods of wakefulness. By one year of age, many children sleep between 9 and 12 hours at a time. Between two and five years of age, nighttime sleep becomes more established, although parasomnias and transitional objects or rituals may emerge.

Finally, sleep continues to change during puberty, adolescence, and adulthood. Daytime routines directly influence sleep quality, so establishing appropriate habits is key. From an ABA (Assisted Behavior Analysis) perspective, working on daytime routines and behaviors is fundamental to promoting restorative sleep.

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